Va y hace. Dice y sonríe, lleva, mueve, empuja, ordena y dice. Indica, hace, atiende, opera y arregla. Dice, viene, mira, mueve y opera. Hace, hace, hace y hace. Tanto verbo en poco tiempo es tan solo un momento de una constante de vida de ese cuerpo enjuto donde no entiendo cómo le entra tanto corazón. Es Elena Barraquer.

Elena en griego es “antorcha”. Les aseguro, la cercanía lo ha permitido, que Elena resplandece, más bien ilumina.

La hemos visto iluminar la vida de muchos, entre los que me incluyo, en la campaña humanitaria de cirugía de cataratas en Salta, en el agosto de este año par. Fuimos un grupo impar de futuros amigos quienes secundamos a Elena y Gerardo en una aventura con final cantado. Nos juntamos y ya, nos quisimos todos.

Gerardo es Valvecchia, la otra pata de esta campaña de cataratas. En germánico es “fuerte guerrero”. Un hombre del conurbano, grandote como para que le entre un gran corazón que, calculo, apenas cabe.

Hay tres patas salteñas. Martin y Rodolfo, algo callados más no menos hacedores. Martin en romano es “guerrero” y Rodolfo en germánico significa “el que gana la batalla”. Vaya si lo hicieron! El tercero es Alejandro, mas callado aun, que en griego es “el protector, el hombre que defiende” y tal vez haya sido quien más cuidado puso en hacer para que otros hagan.

Estos cinco adelantados sembraron la semilla de la “Experiencia Salta” que fue mucho más que una campaña para operar cataratas. Hubo alguien más que se sumó: Teté. Teté es Ferreiro, la férrea cabeza que dirige. No es la única que lo hace pues han sido tan sabios los ut supra, que nos permiten, a todos, un poco mandar y disponer.

Al sexteto aludido  nos fuimos sumando otros y ya no importan los nombres y sus significados: todos fuimos luchadores alumbrados por la férrea idea en nuestras cabezas de aclarar la vista de quienes vivían en sombras, en parte por cataratas y en parte por olvido del mundo circundante.

Estas campañas arrancan con motivación e ideas, que se vuelven pensamientos y actos. Siguen reuniones, tramites, permisos, más reuniones, dudas, bloqueos, atascos y boicots…

Más reuniones.

La palabra.

La contundencia de lo útil y lo necesario. La potencia de lo imprescindible.

Al fin, la aprobación y la autorización.

Después, meses después, vendrían el beneplácito y el éxito.

Con arrojo, unos cuantos oftalmólogos salteños fueron por pueblos distantes a revisar seis mil personas. Que variación fecunda salir a buscar la patología en lugar de estar cómodamente sentados en el sitial esperando que el necesitado acuda.

Lo cierto es que los facultativos arribaron a lugares remotos donde nunca un oculista puso pisada. Su labor proverbial reunió casi cuatrocientas cataratas para operar, tarea que vendría en la segunda oleada de trabajo comunitario.

Mientras tanto hubo de conseguir medicamentos, insumos, suturas, otros permisos, aparatos, ropa y manos, muchas manos, para que toda esa colecta fuera la argamasa que llevara las imágenes a esos ojos postergados.

No fue solamente dar la vista al quitar esa lente opaca llamada catarata. No, no es solo eso. Es también propinar independencia, seguridad y posibilidades. Los gobiernos que nos dirigen y la sociedad que nos cobija deberían proveer igualdad de oportunidades a quienes nosotros les devolvimos la vista y con ello la posibilidad de ser autónomos.

La segunda etapa fueron cuatro intensos días de cirugía abarcando más allá del fin de semana largo de agosto, donde el Hospital Materno Infantil de Salta trabajó de sol a sol. No hubo descanso y no hubo cansancio. Al menos, no se notó fatiga en los rostros de decenas de trabajadores que nos recibieron con banderitas y carteles pendiendo en los pasillos, con sonrisas en sus rostros y asombro en sus miradas. Hasta dulces nos prepararon. Su trabajo, silencioso y descomunal, nos permitió llegar a las metas planeadas. Entre las persistentes sonrisas, lágrimas de júbilo se aferraban a sus ojos. Las palabras son fútiles para agradecer tanto apoyo.

En esos cuatro días nos tocó operar muchos casos complicados, dispares, difíciles y algunos hasta dramáticos. Llegaban los pacientes ya preparados por dos anestesiólogos de primera, padre e hijo, que se movían al unísono ante tanto requerimiento. Llegaban además confiados, calmados y tranquilos gracias al quehacer inigualable de la gente del Hospital. Y aunque las luces de la celebridad y el prestigio apuntaron a nosotros los cirujanos, fuimos apenas una mancha en la colorida estampa de este grupo hacendoso donde cada acto y cada actitud fueron coherentes con el propósito de la campaña.

Entrar a describir la tarea en consultorios, salas, pre quirófano, y quirófanos sería inasequible de explicar en pocas líneas. Basta imaginar a casi una cincuentena diligente asistiendo al unísono a una centena de menesterosos que acudían a recibir la tan esperada cirugía. No faltaron los problemas, por cierto prudentes y cansinos, pues no impidieron ni alteraron el plan trazado. Los problemas nos fueron infieles, nos abandonaron.

Todos los días, a cada hora, nuestras miradas se cruzaban, se juntaban, buscaban otras para unirse y acababan, irremediablemente húmedas, apenitas abajo del horizonte, perdidos en la nada, que es adonde uno mira cuando el regocijo llega al alma. El semblante de satisfacción no se salía de nuestras caras. Incluso cuando comíamos en el comedor del Hospital, en esas mesas largas cubiertas con hule, en esos platos elementales pletóricos de comida esencial y en simples vasos con agua, la madre de la vida.

Las noches siempre fueron cortas, pues la etapa vesperal aun nos encontraba en plena labor. Había que acomodar lo usado y programar el día siguiente; tan solo luego era el tiempo para comer algo, contarnos lo vivido y dormir un poco. Aún así, el escaso tiempo nos dio espacio para la reflexión y meditación de lo acontecido en el día y la posibilidad de compartir la mesa y el pan.

En la última jornada, al mediodía, fuimos convocados al auditorio del Hospital. Al llegar, una legión de operados, aún no operados, familiares, acompañantes y empleados del Hospital nos estaban aguardando para concedernos las gracias por la tarea efectuada. El aplauso de los asistidos nos abarcó de tal manera que fue imposible no tragar saliva ante tanta gratitud. De pronto y sin aviso, apareció un señor alto, en jean, a darnos, uno por uno, las gracias. Era el Gobernador Urtubey. Bendigo el momento en que sin traje de gobernante ni verbo de político decidió ser uno más en la pléyade de gente que nos circunvaló para hacernos sentir el calor inmenso del afecto.  Nos fue difícil impostar la voz a todos los que dijimos unas palabras, se notó que el tono de nuestras voces no era la habitual, estaban plagadas de emociones.

El miércoles regresamos cada uno a su lugar de pertenencia un poco más cerca o un poco más lejos del Hospital que nos albergó. No tan lejos para ninguno, Salta se nos quedó adentro a todos.

Después vino el después y con él toda la algarabía de haber concretado el sueño de conseguir lo que Aristóteles buscaba: el bien, lo útil y lo agradable. Vinieron el reconocimiento de gentes y lugares dispares y distantes, vino la prensa, la radio y las redes sociales, esas que nos acercan mientras nos mantienen alejados. Vino la familia y los amigos a ponerse contentos junto a nosotros, a hacernos sentir orgullosos, en el sentido más puro de la palabra.

No he podido hablar de mí en estas apretadas crónicas. No era menester y hasta hubiera sido mezquino decir por ejemplo que Javier en vasco es “casa grande” porque Salta fue la morada inmensa que nos recibió, nos cobijó, nos cuidó y nos hizo mejores personas. En esta campaña lo que más hicimos fue aprender, además operamos cataratas.

Vivimos la Experiencia Salta como un arquetipo de felicidad.

Dr. Javier Casiraghi